Institucional Club Circulo Trovador

Reseña Histórica de los orígenes y desarrollo de nuestro Club

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Un grupo de inmigrantes italianos tenía una necesidad común. Jóvenes emprendiendo una aventura única, creándose una patria nueva; no tardan en coincidir. Amaban la música y eran muchachos fuertes dispuestos a hacerse un lugar para recrear una forma de vida que traían consigo y que, en un país en que habían decidido formar su futuro no querían perder.

 

Con ellos, instintivamente, perduraban las costumbres que fueron las que dieron origen a su amistad y su compañerismo para desembocar en la creación de la Sociedad. Todos amaban por igual a la música, al río, a la vida al aire libre, y se amparaban mutuamente como tantos otros inmigrantes, formando un grupo de connacionales y a partir de ahí integrándose en una “Sociedad Coral e Instrumental”. No sólo traían de su tierra el amor a la lírica y a la naturaleza, sino la sabiduría campesina del ahorro y la vida sana y sin vicios.

 

Mientras una gran parte de la riqueza de la Argentina se iba en el despilfarro y en inversiones mal financiadas, los inmigrantes italianos trabajaban y vivían cuidando el dinero que obtenían. Es en este contexto de una Argentina que se iba hacia el abismo como por una de las empinadas barrancas de la Recoleta, que una nueva Argentina, en las costas de esa misma barranca, estaba haciendo música, gozando de la naturaleza, y de la amistad y planeando cómo reunir lo suficiente para transformar la organización efímera de una comparsa en una sociedad duradera.

 

El 23 de Marzo de 1890 se fundaba la sociedad coral e instrumental “I Trovatori” y su primer acta registra que la reunión se llevó a cabo ese mismo día a “las 9 y 1 /4”. Esta se hizo en la casa de Don Fortunato Ansaldo que vivía en las cercanías de las calles  Quintana y Callao, es decir en la “Larga” y Callao, pues ese era el nombre de la Avenida Quintana actual. Se podía, caminando, llegar por Callao hasta la costa del rio, a una pequeña ensenada de toscas que existía allí y que, estaba al pie de una barranca cubierta de árboles frondosos, paraísos, sauces, tilos, y otras especies, donde anidaban todos los pájaros comunes a la zona. El Río de la Plata era el principal refugio de los porteños contra el intenso calor y donde se podían higienizar cómodamente, cumpliendo un modesto ritual de limpieza personal, los que carecían de las comodidades que significaban las obras sanitarias que recién se estaban instalando en la ciudad. Al irse poblando la zona norte, era allí donde concurrían lavanderas; las mujeres de origen inmigrante y criollo que se dedicaban al lavado y oreado de la ropa, junto con algunas morenas célebres que vivían en los alrededores. En este ambiente bucólico era el punto de encuentro común para que se reunieran aquellos que, debido a que tenían ocupaciones similares, concurrían a la misma hora a bañarse. Era el momento de la distensión y del solaz, donde olvidaban por un rato las preocupaciones de su trabajo y volvían a ser los muchachos voluntariosos e inmigrantes que estaban tratando de aplacar la nostalgia por su tierra hablando en dialecto, recordando anécdotas y chistes de sus países, así unidos, renovaban energías para enfrentar otro día de trabajo duro en la Argentina que se habían propuesto conquistar. Era en esos momentos en que se soñaba con el futuro inmediato, con unos cuantos días de vacaciones, al cerrar los negocios y las oficinas durante los días de Carnaval.

 

Aparte de estas vacaciones, ya que eran realmente las únicas que tenían en todo un año de trabajo, estaba el festejo del antiguo rito del Carnaval que les permitiría a todos realizar su fantasía, dejar de ser operario o empleado trajeado con su ropa característica de su ocupación, y vestir los románticos trajes de príncipes y cortesanos. Fuera los cuellos duros y los nudos de las corbatas, los pesados trajes, el botín caluroso y lustrado. Durante esos días eran libres y sus cuerpos libres también. Al planear lo que harían volaba su fantasía, su imaginación, sus proyectos. Salían de su trabajo y llegaban a orillas del río llevando una mandolina y en algunos casos una guitarra, y allí se congregaban para hacer música. No faltaban otros que, oyendo el sonido se les unían, con alguna armónica o un silbido. Primero deben haber sido los aires de su tierra, alguna canción, alguna melodía.

 

En esos veranos, la ciudad de Buenos Aires ofrecía conciertos al aire libre, y acababa de incorporar conciertos sinfónicos que contaban con una gran cantidad de seguidores que acompañaban a la orquesta con entusiasmo, cantando arias la pleno pulmón. En este ambiente de amor a la música, era común el que podía entonar una romanza, una canzoneta, un pequeño concertato de mandolina. Todos estaban de acuerdo en que querían hacer algo más que improvisar música entre los árboles de la costa, tener fantasías con el próximo carnaval. Era mucho lo que se anhelaba hacer y todo era muy importante para ellos.

 

Buenos Aires en 1890 era una ciudad sin identidad propia, y los inmigrantes habían perdido su identidad original al dejar Italia, pero sabían que, en muchas cosas siempre conservarían las pautas de una clase media que el porteño de clase media no tenía. Buenos Aires era, en esos tiempos, una ciudad, colonizada por la inmigración. Pero esta inmigración italiana de clase media había venido con su información característica, sus lecturas, su música, sus costumbres, y eso afloraba el momento en que se reunían entre connacionales. Eran jóvenes, estaban luchando y abriéndose camino en un mundo nuevo. Sabían que en su cultura tenían “algo más” que los nativos del país en que vivían. Y planeando ordenadamente el carnaval, las marchas, lo que querían tocar para demostrar lo que realmente habían traído en su corazón deciden organizar una “sociedad coral e instrumental” de hombres libres, fraternos, románticamente identificados con “El Trovador” de Verdi.

 

En una nota donde se recogían las reminiscencias del Sr. Luis Cardinali para el Boletín del año 1933, se cuenta que…”En pleno río, en esas deliberaciones efectuadas muchas veces con el agua hasta la cintura, surgió la feliz idea de formar una sociedad recreativa, con el exclusivo objeto de salir a disputar durante los carnavales, los valiosos premios que se otorgaban a las mejores comparsas, y con tanto entusiasmo discutían el asunto, que más de una vez tuvieron que volver a sus casas en traje de angelitos, por haber desaparecido de la orilla la ropa que habían dejado y que la marejada se había llevado sin previo aviso”. En esos primeros tiempos de la vida de “I Trovatori”, esta se vislumbra como una sociedad eminentemente musical, hasta el punto que en la primera acta del año 1891, en el mes de Octubre, “el Sr. Ansaldo hizo moción para que se colocasen dos avisos en el local de la Sociedad, el uno pidiendo la más puntual asistencia a los miembros de la comisión, y el otro fijando los días y horas para la música fue aceptado”.

 

Desde el mes de Noviembre de 1891 hasta el mes de Marzo de 1892 la sociedad había realizado cinco bailes, pidiendo o compartiendo los salones como en el caso del 7 de Noviembre en que lo dieron junto a la Sociedad “Cristóforo Colombo” para el cual “I Trovatori” mandó imprimir 200 invitaciones especiales. En el baile organizado el 1° de Marzo, se resolvió invitar a la Sociedad “Orfeón Español”. Dice el acta: “El señor Ansaldo hizo moción para que se invitara a beber a la Sociedad “Orfeón Español” con algún vino fino, lo que resultó en lugar de vino, cerveza, y para la comisión de dicha sociedad distinguirla con algún vino. Encargóse al señor Cardinali para que comprara un barril de cerveza “Bieckert” o “Quilmes” de 50 ó 60 litros y media docena de botellas de vino para mandarlas al salón de la “Colonia Italiana” e invitar al Orfeón”.

 

En esos años, el Sr. Ubertoni daba clases de música dos veces por semana a los miembros de la sociedad, que en realidad serían ensayos y aprendizaje de nuevas composiciones. Para el mes de Marzo de 1892 la sociedad iba recuperando las “acciones” que se habían cubierto con el aporte de los asociados. Estas se inutilizaban a la vista de todos. Es decir, que la economía marchaba cada vez mejor. En el país, sin embargo, la situación era crítica. Es en esos momentos en los que, en medio de un estado financiero que iba a la deriva, Carlos Pellegrini envía al Dr. Victorino de la Plaza a Londres para ablandar a los acreedore y solicitar moratorias en los pagos de la deuda que se tenía con ellos. Las obligaciones más urgentes las resuelve reuniendo a hombres de fortuna, a los banqueros de la plaza y explicando la caótica situación. La pendiente anunciada es cada día más pronunciada. Pellegrini se ha entregado con las manos atadas al capital inglés, mientras se lanza, a estimular la producción agraria. Los prestamistas van embargando y adueñándose de mayor cantidad de resortes fundamentales. A poco, 4.045 klms. de ferrocarril construidos por el gobierno nacional pasan a sus manos.

 

También inconmensurables campos que adquieren, a veces a 20 centavos la hectárea. Es significativo que en ese año de la intima historia de nuestro club, se hace moción, en el 18 de Enero de 1892, de imponer una multa de veinticinco centavos al socio que no comunique su inasistencia a las reuniones de comisión, o su llegada tarde a las mismas, observándose que en caso de llegar tarde y querer hacer uso de la palabra, primero tendría que pagar la multa. La sociedad comienza a poseer objetos propios, mas allá de un libro de actas modestísimo y un índice para anotar a los socios. El señor Bossi, socio, “obsequia un cuadro con el retrato de Verdi” que es aceptado y expuesto en el local. El 14 de Marzo de 1892, al cumplirse el III° Aniversario de su fundación se decide realizar una fiesta familiar, fijándose el presupuesto de la misma en “Cincuenta pesos moneda nacional”. Es en esta fecha en que la CD. da por cancelado el empréstito social que se había creado para fundar la sociedad.

 

Aparte de la cancelación, varios socios hacen un aporte de “Ocho pesos con 25 centavos” como donación a la tesorería. Es interesante constatar que, en este año, el peón calabrés Antonio Cocoliche, ha creado sin saberlo un nuevo idioma dentro del porteño. Es el idioma que el inmigrante ha armado a medida que incorpora los términos del castellano a su idioma nativo, hasta el punto que la compañía Scotti-Podestá crea un papel de “cocolíche” para su obra “Juan Moreira”. Es un idioma tan necesario y popular que llegan a imprimirse varios números de un diario Italo-Argentino que anuncia está “Escrito en Cocoliche”. Un gran cambio en la lengua de un país y junto al cambio en el habla callejera proliferan los conservatorios donde se enseña a tocar la mandolina, que se transforma en el símbolo musical propio de nuestro club. Sus dulcísimas notas, los jóvenes italianos que la tocan y que son de una belleza diferente a la del argentino nativo, impresionan. Más de un corazón femenino ha soñado, al finalizar el baile, con el buen mozo de grandes bigotes rubios que toca la mandolina o la guitarra en el conjunto instrumental de la sociedad.

 

Una nueva forma de seducción, los coros de “I Trovatori” y la lejana mandolina que se oye al final del último acto de la ópera, nostálgica y romántica…

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